Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

23.4.13

A la sombra de la ceiba

A la sombra de la ceiba

Por Sara Plaza

[n]ada malo me puede pasar.
A la sombra de una ceiba,
nada malo me puede pasar.
Árbol que sostiene el mundo,
corazón de la realidad.


Así comienza Corazón de la realidad, el primer single del álbum Tucson-Habana, primer trabajo en solitario de Amparo Sánchez, editado en 2009. El tema lo escribió Joey Burns, uno de los líderes de la banda Calexico, y en él la voz de Amparo está arropada por la de Salvador Durán y la trompeta de Jacob Venezuela.

La canción continúa:

¿Cómo está tu corazón?,
pregunta el tojolabal.
¿Cómo está tu corazón?,
pregunta el tojolabal.
Él está contento hermano
si me dices que tú estás,
o partido en mil pedazos
si te vas de la realidad.


Sobre el pueblo y la lengua tojolabal se puede leer en la introducción a la tercera edición del Diccionario español-tojolabal: idioma mayense de Chiapas de Carlos Lenkersdorf:

Los tojolabales son uno de los pueblos amerindios con historia milenaria. Como parte de los mayas tienen en su historia el destacado período clásico con edificios monumentales, el gran arte y una estructura socio-política elitista. Se acabó alrededor del año 900 y los mayas continuaron su historia al edificarla desde las bases sociales. Alrededor de 1500 llegaron los conquistadores europeos para iniciar una historia de 500 años de represión, de falta de respeto, y de explotación por parte de la cultura dominante. Se destruyeron las manifestaciones visibles de la cultura, se perdió la escritura y el gran arte, se perdió la memoria de su historia prehispánica. En los museos se expone el gran arte pero difícilmente están al alcance de los pueblos mayas.
[...]
Hace poco los tojolabales no sabían leer y escribir en su lengua, algunos de los hombres hablaban y escribían más o menos en español. Todo esto a consecuencia del punto de partida de la conquista y colonización. Es decir, las escuelas escaseaban. Donde las hubo la enseñanza se hizo en español que los niños no entendieron, porque en la casa y las comunidades se hablaba el tojolabal. Además, por cada palabra hablada en tojolabal en clase, el maestro cobró una multa.
Tampoco existieron libros. Los existentes de los tiempos anteriores a la colonia fueron quemados en la región maya porque los frailes los consideraron llenos de idolatría. Los libros de texto en las escuelas fueron en español.
Por todo lo dicho, nos dimos cuenta que nos encontramos entre un pueblo colonizado, despojado de su cultura, y también de su tierra y de su dignidad. Sufrieron la suerte de los colonizados hasta la fecha. Así les pasó a los pueblos de los continentes subyugados por los pueblos europeos y sus seguidores. De hecho, son los mismos pasos de colonizadores que encontramos hasta la fecha. Irak es un ejemplo.
[...]
No sólo hay que hablar de los libros quemados de tiempos pasados. Al llegar hace más de 30 años quisimos aprender el tojolabal, pero no hubo libros. Nada de diccionarios, libros de texto, gramáticas y maestros. La gente nos preguntó, «¿Para qué quieren aprender ese 'dialecto'? Tiene pocas palabras, no más de 300 y además nada de términos abstractos. Y miren, si van con los indios, ellos entienden el español. Les dicen una palabra y ellos contesten sí, sí. Será para ustedes una pérdida de tiempo el aprender ese dialecto».
Estas fueron las palabras de gente de Comitán, centro comercial de la región. Fueron palabras que reflejan los 500 años de vivir la situación del colonialismo sin darse cuenta. Al pueblo originario se le desconoce y no se le respeta. Por tanto, no hay razón alguna de aprender de ellos, porque de ellos, obviamente, no hay nada que aprender. Suponemos que sí hubo algunos comitecos y finqueros que más o menos hablaron el tojolabal para poder hablar con su mozos y sirvientas, pero nadie nos habló de ellos, pues seguramente no abundaron en Comitán y sus alrededores, y en consecuencia no pudimos encontrarlos para que nos enseñaran la lengua.
Ahora bien, nos referimos a la ausencia de libros, pero tenemos que hacer una excepción. Hubo libros de académicos como de Seler, Basauri, Furbee-Losee, y otros que sí publicaron obras sobre los tojolabales, pero no con los tojolabales, tampoco con el propósito de aprender o hacer aprender de ellos para recuperar su cultura y memoria. Los libros se escribieron y se publicaron a menudo en la lengua de origen de los autores y no se devolvieron a aquellos de quienes se aprendió lo que escribieron. Julia Supple representa cierta excepción al publicar el Nuevo Testamento en tojolabal para los tojolabales y bajo los auspicios de Instituto Lingüístico de Verano. El propósito, sin embargo, no fue la recuperación de la cultura tojolabal, sino la conversión al cristianismo.
En resumen, sí hubo libros, pero fueron o bien de académicos y para académicos o bien producidos con la intención proselitista occidental.
[...]
No nos convencieron los bien intencionados comitecos con su sugerencia de no aprender el tojolabal. Poco después encontramos a unos tojolabales cuya comunidad estuvo dispuesta a enseñarnos el tojolabal por tres semanas, cada semana por representante distinto de la comunidad. Por supuesto no fueron maestros normalistas.
En su vida jamás enseñaron su lengua fuera de su casa a sus hijos. Pero en los primeros días nuestro maestro nos dijo: Ustedes son los primeros que vienen para aprender de nosotros. Todos los que llegan vienen a enseñarnos como si no supiéramos nada. Ahí están los médicos, los maestros, los padres, los del gobierno y todos los demás. Para todos ellos somos ignorantes.
Los tojolabales nos enseñaron según ellos hablaron y así se convirtieron en nuestros maestros y nosotros en sus alumnos. Así se produjo un cambio fundamental de la relación de nosotros con ellos. Ya no fueron los indios que no supieron nada de nada, sino para nosotros fueron los sabios que tuvieron conocimientos que nos hicieron faltan. Ellos fueron nuestros maestros y nosotros sus alumnos. Dicho de otro modo, ahora fuimos nosotros los que representamos a los ignorantes. Se produjo una situación cuya realización se esperaba por 500 años.
[...]
He aquí la novedad: los tojolabales fueron nuestros maestros y nos enseñaron su lengua. Al hacerlo nos mostraron desde el principio realidades que desconocimos y que nunca pensamos encontrarlas aquí y ahora. En la primera clase empezó el maestro a enseñarnos la fecha en que empezamos nuestras clases de aprender su lengua. Es decir, nuestro maestro inició la enseñanza así como principian los textos de las estelas de la época clásica. La clase nos conectó con el tiempo maya hace mil y más años. La historia no se había olvidado, sino el énfasis en el tiempo siguió manteniéndose por más de un milenio. De este modo nuestro maestro nos sorprendió al conectarnos con tiempos pensados perdidos y ausentes. Aprender el tojolabal nos relacionó con tiempos del pasado que están presentes en la lengua. Al empezar la enseñanza de esta manera, pudimos aprender mucho más de lo que las palabras iniciales dijeron. Es decir, el tojolabal nos hace participar en una historia viva y presente desde la primera clase. Todo lo que nos faltó fue cobrar conciencia de la enseñanza que recibimos. Delante de nosotros se abrió una puerta que no nos imaginamos. Aprender, pues, el tojolabal quiere decir entrar en la historia de este pueblo.
Las sorpresas no se terminaron con las palabras iniciales. El maestro continuó con la manera como los tojolabales se saludan en el camino. El ejemplo es el encuentro entre una mujer joven y un hombre mayor. He aquí su diálogo.
La mujer: san kala tata. (Que vivas, querido tata).
El hombre responde: san kala nana. jastal ‘ay ja kiximtiki. (Que vivas, querida nana. ¿Cómo está nuestro maíz).
La mujer: lek ‘ay t’usan. (Algo bueno).
Expliquemos sólo algunos elementos del diálogo. No son familiares, pero se saludan como familiares. Es decir, entre sí los tojolabales se consideran familiares y expresan en el saludo el respeto que se tiene entre familiares. No dicen señor, señorita/señora. Entre ellos nunca se llaman así. Señores son los finqueros, la gente de la ciudad o simplemente los mandones. Entre sí se preguntan por «nuestro» maíz. Es decir el producto de la milpa no es propiedad del que la trabaja, sino que es de todos, porque la tierra es de «Nuestra Madre Tierra». Así se considera también el maíz, dádiva de Nuestra Madre Tierra que nos da por nuestro trabajo.
No sabemos si esta clase de diálogo también recuerda los tiempos del clásico, pero sí vemos cómo los tojolabales se tratan entre sí, y que el nosotros es un término de importancia con fundamento en la Madre Tierra, gracias a la cual somos una familia, nos respetamos mutuamente y compartimos los frutos de nuestro trabajo.
Con este principio de la clase, nuestro maestro nos hace recordar su historia y presenta un aspecto básico de la cosmovisión tojolabal. Su lengua, pues, no es un dialecto muy limitado sino que desde las primeras palabras nos abre la visión de su historia milenaria y el fundamento de su cosmovisión.

La última estrofa en español de Corazón de la realidad dice así:

Tus ojos de niño son rebeldía,
tus pies descalzos son mi dolor y mi verdad.

Madre de los caracoles
del mar de nuestros sueños.
Madre de los caracoles
del mar de nuestros sueños.
Cuidando la tierra,
cuidando el pueblo,
cuidando de la realidad.


Un hermoso y breve resumen de las palabras introductorias del teólogo, filósofo y lingüista alemán ya fallecido.


Ilustración de Sara Plaza
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